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/Gilberto Nieto Aguilar
El dilema de diferenciar socialmente entre lo bueno y lo malo, viene desde tiempos remotos. En las primeras sociedades se equiparaba lo bueno con aquello que garantizaba la supervivencia de la tribu (abundancia, cohesión comunitaria, reparto alimentario), mientras que lo malo eran el caos, la enfermedad, los desastres naturales. Con el tiempo, en sociedades más evolucionadas, estos conceptos emanaron de las costumbres y formas de interpretar la vida, hasta convertirlos en complejos sistemas éticos, teológicos y legales.
Las distintas civilizaciones han intentado dar sentido al sufrimiento, la muerte, la moralidad y la naturaleza humana en general. La verdad y la luz, la mentira y la oscuridad, fueron concebidas en los mitos antiguos como un campo de batalla donde el ser humano elegía un bando mediante sus acciones terrenales.
Sócrates y Platón coincidían en que el mal es fundamentalmente producto de la ignorancia, y Aristóteles definió lo bueno como el bien supremo, alcanzable mediante el cultivo de la virtud. En el medioevo, las religiones abrahámicas definieron el bien como la obediencia estricta de la voluntad de un Dios omnipotente, y el mal como la rebelión o el pecado contra esa voluntad.
San Agustín argumentó que el mal no tiene una existencia sustancial. Lo definió como la privación del bien, del mismo modo que la oscuridad es simplemente la ausencia de luz, en defensa frente a la paradoja de un Dios bondadoso que permite el sufrimiento y la maldad. El mal moral surge cuando el ser humano utiliza su libre albedrío y no mide el daño que puede causar a los demás.
La Edad Moderna, impulsada por grandes transformaciones políticas, tecnológicas y culturales, cambió la historia. La autoridad moral se trasladó de Dios al individuo y la sociedad. El análisis de la bondad y la maldad se volvió secular. T. Hobbes argumentó que el ser humano es inherentemente egoísta y que lo bueno y lo malo no existen en el estado de naturaleza, mientras que J. Bentham y J.S. Mill proponen una métrica basada en consecuencias, que juzga las acciones como buenas si producen felicidad para el mayor número de personas.
En la Era contemporánea, introdujeron a la psicología y el análisis de los sistemas de poder fracturando la idea de un bien y un mal universales. Personajes como F. Nietzsche cuestionaron toda la tradición moral occidental. Algunas como Hannah Arendt, acuñaron el concepto de la “banalidad del mal”, analizando que las peores atrocidades históricas no siempre son cometidas por monstruos, sino por burócratas ordinarios y tal vez mediocres que simplemente cumplen órdenes, acatan normas y renuncian a su capacidad de pensar críticamente.
La psicología social propone empíricamente que la maldad a menudo es producto del contexto, la presión grupal y la obediencia ciega a la autoridad. Para que el mal se vuelva banal (insignificante, superficial, trivial), deben concurrir ciertas condiciones que anulan el juicio moral del individuo. No es falta de inteligencia, sino una incapacidad moral para el diálogo interno y una conciencia crítica.
Cuando el marco legal, político o corporativo invierte los valores, cumplir órdenes crueles deja de sentirse como una transgresión y comienza a percibirse como el deber cívico o profesional. El individuo pierde la capacidad de imaginar las consecuencias de sus actos y sólo repite clichés y frases hechas dictadas por el sistema. Esto se manifiesta en democracias y corporaciones donde la obediencia a las reglas o la optimización de resultados reemplaza a la ética personal.
La moral orienta, pero también puede ser utilizada para justificar aquello que pretende combatir. ¿Qué ocurre con el ser humano cuando deja de preguntarse si aquello que hace es bueno o malo? ¿El mal nace de la naturaleza humana, de la ignorancia, de la libertad, de las estructuras de poder, de la obediencia o de nuestra incapacidad para pensar por nosotros mismos?
gnietoa@hotmail.com