Artículo de Opinión 31/Mar./2026 - 10:31 pm

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Las escuelas religiosas

/Gilberto Nieto Aguilar

En tiempos de incertidumbre moral, fragmentación social y crisis de sentido, las escuelas religiosas cumplen una función educativa que el debate público suele minimizar, o peor, caricaturizar. La postura de que toda formación con identidad religiosa es sospechosa, retrógrada o incompatible con la democracia, carece de fundamento. Lejos de ser un vestigio del pasado, estas instituciones representan —para millones de familias— un espacio formativo integral donde el conocimiento académico se articula con valores, comunidad y responsabilidad ética.

Conviene aclarar algo esencial: el laicismo no es la negación de lo religioso, sino la neutralidad del Estado frente a las creencias. Pretender que la educación sólo sea legítima bajo una clave secular es convertir la laicidad en una ideología excluyente. En una sociedad verdaderamente plural, el derecho de las familias a elegir una educación acorde con sus convicciones no es una “dádiva o permiso” del Estado, sino una expresión básica de la libertad humana.

Uno de los aportes más sólidos de estas instituciones es su capacidad para ofrecer referentes éticos compartidos, algo en lo que muchas escuelas enfrentan dificultades para lograr. No se trata simplemente de transmitir dogmas y creencias, sino de formar personas capaces de orientar su vida desde principios éticos y coherentes, una demanda creciente en las familias que rechazan una educación moralmente neutra.

La principal tensión social y educativa que presentan estas escuelas religiosas es la del equilibrio entre la transmisión de la fe y el respeto a la libertad de conciencia. Cuando la escolarización se convierte en adoctrinamiento que silencia preguntas, penaliza la diversidad o excluye a quienes piensan distinto, la función educativa queda en entredicho.

La segregación es un desafío social en estas escuelas, pero la fragmentación social no la producen sólo las creencias, sino principalmente, la desigualdad y la exclusión. Exigir que estas escuelas renuncien a su identidad equivaldría a vaciarlas de su valor más profundo, pues la educación no es sólo transmisión de conocimientos, es preparación para la vida y la pluralidad social. Las escuelas deben, por tanto, preparar a los alumnos para la convivencia en la diversidad, no para evitarla.

Educación para las familias, trabajo comunitario y formación en valores siguen siendo parte esencial de su identidad, por lo que ignorar esta contribución sería desconocer una larga tradición educativa ligada a un concepto formativo. La prueba está en que muchas familias continúan buscando estas escuelas.

Desde el punto de vista académico, no es casual que numerosas escuelas religiosas muestren buenos resultados escolares y altos niveles de convivencia. La claridad normativa, el énfasis en la responsabilidad personal y el respeto mutuo generan condiciones propicias para el aprendizaje. La persistencia de estas escuelas debería obligarnos a preguntar por qué, en pleno siglo XXI, seguimos necesitando —y defendiendo— una educación con propósito y trascendencia.

La disciplina, entendida no como castigo sino como formación del carácter, vuelve a tener un lugar central. Su principal desafío es que las prácticas escolares deben garantizar la libertad de conciencia de alumnos y familias, evitar discriminación por género, orientación sexual o discapacidad, y promover el pensamiento crítico. La formación religiosa puede coexistir con una educación que enseñe a cuestionar y dialogar.

gnietoa@hotmail.com

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